¡Qué malo es juzgar a alguien o algo por su apariencia! Todos lo hemos dicho en alguna ocasión, seguramente para quedar bien, y al hacerlo que hipócritas hemos sido. Este nuestro querido mundo es un lugar regido por las apariencias. Gente que guarda las apariencias, que no se fía de las apariencias, gente que lucha por algo en lo que cree y que no es más que una apariencia. Todo son apariencias. Las creamos, las cuidamos, mimamos e intentamos mantenerlas, porque de ellas, al fin y al cabo, dependen nuestra imagen y reputación.
Sin embargo, una apariencia, una imagen, bien trabajada, impecable, es muy difícil de construir, y mucho más aún de mantener. Yo la tenía. La tenía, pero la perdí por un error fatal que cambió mi vida y que jamás seré capaz de olvidar. Antes de que ocurriera yo era el ser más feliz del planeta, mi vida era perfecta. Vivía en una casa solariega muy confortable, con un gran jardín para que los niños pudieran jugar, en uno de los mejores barrios de la ciudad. Tenía una familia a la que quería, y todavía quiero, y estaba dispuesto a dar la vida para protegerlos.
Sobre todo a Jenny. La pequeña Jenny, mi pequeña Jenny, mi niña de ocho años, el epicentro de mi mundo. Me daba la vida y yo procuraba pasar todo el tiempo que podía con ella. Me sentía especialmente protector con ella. Por supuesto que quería a su madre, Hannah, y a su hermano, Tucker, a pesar de que rara vez me dejara entrar en su habitación, pero ya se sabe como son los adolescentes. Pero Jenny era mi ojito derecho, mi debilidad. Y ahora de ella me queda tan sólo el recuerdo.
A menudo me sorprendo a mí mismo imaginándome que aspecto debe tener ahora. Habrá crecido mucho, eso seguro; los niños cambian mucho en diez años. Me duele pensar en todo aquello que me habré perdido durante todo este tiempo. Su primer día de instituto, su primer amor, su primer beso. Diez años son una eternidad. La niña que yo conocía se habrá ido para dejar sitio a la mujercita en la que se habrá convertido y que, seguramente, no se acordará de mí. Diez años es demasiado tiempo.
Diez años son los que han pasado desde ese incidente que volcó mi vida. Lo tengo grabado a fuego ardiente en mi mente y su devastadora imagen se encarga de recordarme por qué no puedo volver. Era una noche como cualquier otra, los niños y Hannah dormían tranquilamente en sus habitaciones. Yo, en cambio, me encontraba en la cocina, ya que había bajado a beber un poco de agua. Todo estaba en perfecto silencio, pero yo estaba intranquilo, tenía los pelos de la nuca erizados y mi instinto me decía que algo malo iba a suceder. Así fue como, cuando me disponía a volver a la cama, escuché un ruido que provenía de la puerta principal. Me acerqué, con cuidado de no hacer ruido, y pude ver como un individuo, probablemente un ladrón, intentaba forzar la cerradura.
La situación no daba pie para la reflexión, o esa me pareció en aquel momento. Ese hombre estaba intentando allanar mi casa y podía hacer daño a mi familia si no reaccionaba con rapidez. En cuanto consiguió entrar mis instintos se dispararon y le ataqué. A pesar de haberlo pillado por sorpresa, se trataba de una pelea desequilibrada porque él iba armado con una navaja. Sin embargo, yo defendía mi hogar, y lo hice con uñas y dientes. Recuerdo haber empujado, arañado e incluso mordido a aquel individuo, mientras esquivaba sus navajazos. Quería asustarlo, echarlo para siempre de allí, pero en ningún momento quise matarle.
Nos encontrábamos en plena lucha cuando me abalancé una vez más sobre él, con tan mala suerte que perdió el equilibrio y se golpeó la cabeza con el mueble bar, quedando inconsciente al instante. En momento Hannah llegó a los pies de la escalera, seguida de cerca por los niños. Nos miraba, primero a mí y luego al atacante, cuyo cráneo había empezado a sangrar, con los ojos desorbitados por el miedo. No fui capaz de aguantar esa mirada. No podía soportar la idea de que, a partir de entonces, cuando Hannah me mirara acudiera a su mente el recuerdo de aquella noche, y me temiera. Además, tras lo ocurrido me esperaba la cárcel o algo peor, así que, desde mi perspectiva, sólo me quedaba una opción. Huí.
Malherido como estaba, salí por la puerta, que el ladrón había dejado abierta, y corrí calle abajo, corrí sin mirar atrás, corrí hasta que no pude más. Cuando estuve agotado, me escondí entre unos contenedores y no tardé en escuchar sirenas de policía y de ambulancia que se dirigían a toda velocidad hacia la que había sido mi casa hasta entonces. Esa fue la última vez que vi a Jenny. Me convertí en un fugitivo, un sin techo, un vagabundo. No tardé en encontrar a otros que se encontraban en mi misma situación. Ellos no habían matado a nadie, o al menos ninguno comentó nada al respecto, pero, de la misma forma que yo, no tenían a dónde ir, estaban sin hogar.
Ahora me paso el día mendigando, rebuscando en la basura para lograr conseguir algo de comida. La gente me mira, a veces con desprecio y otras con lástima, y no sé cuál de esos dos sentimientos me sienta peor. Me cabrea pensar que yo antes formaba parte de su mundo y que ahora debo conformarme con observar dicho mundo desde la frontera, ver como evoluciona, como sigue su curso sin mí. Las apariencias, mi apariencia, les llevan a creerse con el derecho a mirarme por encima del hombro.
Hace un par de días, sin ir más lejos, me echaron del McDonalds. Es algo surrealista, un empleado de una cadena de comida rápida que elabora sus hamburguesas con carne de rata o algún sucedáneo me prohibió la entrada a uno de sus locales debido a mi aspecto. Me respuesta, en cambio, fue de lo más madura y apropiada: me oriné en la puerta de entrada antes de que el inepto empleado de seguridad que la vigilaba pudiera hacer nada para evitarlo. Fue entonces cuando me percaté de que, de vez en cuando, sienta bien actuar como todos aquellos que me juzgan sin conocerme esperan que lo haga, como un marginado social desequilibrado y peligroso. Pero lo más sorprendente, o no, fue descubrir que a nadie pareció extrañarle mi comportamiento. Al parecer, orinar en las puertas de los establecimientos públicos entra dentro de las cosas que la gente nos cree dados a hacer. Las apariencias son la peor forma de discriminación que existe.
Los hay que creen que esta discriminación, el hecho de ser una marginados sociales, les hace libres, y dicen que no cambiarían esta libertad por volver a su antigua vida. Creo que es porque ya no logran recordar cómo era esta vida. Yo, en cambio, lo echo tanto de menos que me duele, y no pasa un solo día en que no desee con todo mi corazón poder volver con mi familia. Ayer, por ejemplo, mi subconsciente me jugó una mala pasada, me traicionó. Eran aproximadamente las cuatro de la tarde y el sol brillaba en el cielo de forma implacable, por lo que yo me encontraba bajo el resguardo de la sombra de un árbol. La irresistible combinación del calor de sobremesa y el dulzón aroma no tardaron en calar hondo en mí, consiguiendo que me quedara dormido.
De repente me encontraba recorriendo las calles de la ciudad en pos de un alma caritativa que me diera algo para comer, como era habitual. Entonces, al doblar la enésima esquina, fue cuando la vi, aunque no podía estar seguro al cien por cien de que fuera ella. Se trataba de una chica alta, con el pelo largo y la cara repleta de pequeñas pecas, que hacía cola para entrar en un Starbucks que estaba abarrotado. No fue hasta que sonrió que pude asegurarme de quién se trataba. Era ella, mi pequeña Jenny, que se había convertido en una mujer guapísima, más incluso de lo que había imaginado.
Entonces, por un capricho del destino, sus ojos repararon en mí y pareció el mundo se detuvo. Me giré de un revuelo dispuesto a echar a correr de nuevo, pero ella me llamó por mi nombre y me detuve. Salió de la cola, con lágrimas en los ojos, y vino a abrazarme. Yo cerré los míos y me dejé querer, ya que hacía mucho tiempo que nadie me daba una muestra de cariño, quería disfrutar del momento. En ese instante quise decirle como sentía todo lo ocurrido y lo mucho que la quería, pero ella se separó de mí y dijo que la esperara allí antes de retornar a su sitio en la cola. Media hora después, salió con un capuccino y un donut de chocolate para ella, y uno relleno de crema para mí, que devoré al instante. Me emocionó comprobar cómo todavía se acordaba de qué era lo que más me gustaba.
Paseamos hacia el mismo parque en el que me había quedado dormido mientras ella se terminaba su café y su donut. Al llegar, nos tumbamos en el césped y empezó a contarme alegremente todo lo que le había ocurrido en aquel tiempo, todo lo que había pasado en su vida y la de nuestra familia desde que yo había huido de casa. Lo recitaba todo con una sonrisa deslumbrante en los labios y me sentí como si hubiéramos vuelto atrás en el tiempo, a cuando Jenny y yo éramos inseparables, las dos mitades de un todo. Entonces, escuché cerca de mí el inconfundible grito alegre de un niño pequeño, pestañeé y, cuando abrí los ojos de nuevo, Jenny había desaparecido.
Me encontraba bajo la sombra del árbol arropado por el abrumador aroma de las flores, pero había algo diferente. Frente a mí había un niño de unos cinco años que me miraba con ingenua curiosidad. Se acercó lentamente, a pequeños pasos, con la mano extendida; parecía dispuesto a tocarme y yo permanecí quieto, pues no quería asustarlo. Fue entonces cuando apareció su madre, totalmente alarmada, casi histérica, y cogió al niño en brazos mientras le regañaba duramente:
- ¡No vuelvas a acercarte a un perro callejero! ¿No ves que podría morderte?
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